Política en Entre Ríos
Hoy se reúne Frigerio con Bordet, un hecho simbólico poco común en ER
:format(webp):quality(40)/https://paralelo32cdn.eleco.com.ar/media/2023/10/bordet_y_frigerio_acuerdan_los_pasos_para_una_transicion_ordenada.jpg)
La reunión parece ser una señal dirigida al sistema: se puede disentir sin negar al otro, se puede alternar en el poder sin romper todos los puentes, se puede gobernar sin fingir que la historia empieza cada cuatro años.
El gobernador de Entre Ríos, Rogelio Frigerio, recibirá hoy en Casa de Gobierno, por primera vez, a su antecesor el ex gobernador Gustavo Bordet, actual diputado nacional. Bordet no fue convocado en calidad de legislador nacional, sino como el gobernador que le entregó el mando a Bordet sin confrontaciones previas por no haber sido quien competía por el cargo.
La noticia, leída sin estridencias, tiene algo de serena anomalía en el clima político actual. No por lo que promete en términos concretos, sino por lo que rompe en términos simbólicos.
Que un gobernador convoque a su antecesor no como adversario, no como legislador en ejercicio, no como parte de una pulseada coyuntural, sino en su condición de ex mandatario, introduce una pausa poco frecuente en la política argentina. Es como si, por un momento, se corriera el telón del presente inmediato para reconocer que existe una continuidad institucional más larga que el calendario electoral.
El gesto importa porque va a contramano de la lógica dominante. Hoy la política tiende a comportarse como un ring permanente: quien deja el cargo pasa automáticamente al archivo o al bando enemigo. Aquí, en cambio, aparece la idea de que haber gobernado deja un saber acumulado, una experiencia que no se evapora con el cambio de signo político. Y eso, dicho sin épica, es casi contracultural.
También es relevante lo que no se hace explícito. No hay anuncio de acuerdos, no hay agenda pública detallada, no hay foto forzada con sonrisas coreografiadas. Eso puede leerse como debilidad, pero también como prudencia. En tiempos de política performática, donde todo debe ser declarado antes de ser pensado, la conversación reservada recupera un valor casi olvidado: el de hablar sin estar actuando para la tribuna.
El dato de que Bordet haya insistido previamente en la necesidad del diálogo no es menor, aunque lo hizo en función de legislador nacional. Coloca el encuentro en un terreno menos oportunista y más coherente con una postura sostenida. Y al mismo tiempo, libera a Frigerio de la sospecha de estar cediendo a una presión coyuntural. Aquí no parece haber vencedores ni vencidos, sino una invitación a compartir diagnóstico.
Por supuesto, el escepticismo es comprensible. Un encuentro no cambia una cultura política. Un gesto no desarma una lógica de confrontación estructural. Pero las culturas no se modifican de golpe: se erosionan o se reconstruyen a partir de pequeñas desviaciones respecto de lo habitual. Y esta lo es.
En definitiva, más que un hecho político con consecuencias inmediatas, la reunión parece ser una señal dirigida al sistema: se puede disentir sin negar al otro, se puede alternar en el poder sin romper todos los puentes, se puede gobernar sin fingir que la historia empieza cada cuatro años.
No es poco. No alcanza, es cierto, pero tampoco es nada.

